Recuperando mi verdad
El reconocimiento de lo que me tenía atrapada.
Hola, me llamo Mel.
Durante mucho tiempo me presenté desde los roles que sabía habitar: la que sostiene, acompaña, entiende, la que pone palabras para los sentimientos de los demás. A algunos de esos roles los llamé profesión, otros vocación, otros simplemente identidad. En su momento tuvieron sentido. Hoy, ya no me alcanzan más.
No escribo desde un lugar de certeza ni con la intención de guiar a nadie. Escribo desde el proceso. Desde el desarme. Desde este lento regreso a un cuerpo que está aprendiendo que ya no necesita estar en alerta para existir. Escribo para escucharme, para no volver a traicionarme, para dejar que mi verdad tenga espacio.
Este espacio no es una promesa ni un método. Es un tránsito. Un lugar donde pongo palabras a lo que voy descubriendo mientras camino de regreso a casa. Si algo de lo que comparto resuena contigo, puedes quedarte, suscribirte o compartirlo con quien sientas que podría recibirlo.
Que este canal crezca —o no— por resonancia, no por obligación.
Gracias por estar.
Mientras escribo esto, mi corazón late rápido, como si estuviera caminando sin llegar a ningún lado. El cuerpo empieza a hablar primero: dolores conocidos, señales que ya no puedo ignorar. No siempre los recibo con paciencia, pero hoy los escucho. Algo en mí sabe que este texto no se puede escribir sin sentir el miedo que acompaña a mis palabras.
Es incómodo estar aquí. Lo que quiero escribir y transmitir no es sencillo. Viene entrelazado con conceptos psicológicos complejos, con experiencias difíciles de explicar y aún más difíciles de comprender. Además, todo esto está teñido de miedo, culpa y vergüenza.
¿Les ha pasado que contar su propia historia se siente amenazante?
¿Que sienten que deben ocultar su verdad por miedo a ser desleales con alguien más?
¿Que temen represalias por lo que están expresando?
¿O que contar su versión implique el riesgo de que alguien invalide lo que sienten o lo que vivieron?
Todo eso ha pasado por mi mente una y otra vez durante este tiempo, cada vez que me he dispuesto a escribir y publicar. Y entonces, simplemente, no he podido hacerlo. No he podido sentarme a escribir intentando no dañar a nadie, no activar a nadie, no exponer a nadie… porque, en ese intento, sentía que a quien estaba dañando era a mí misma. A quien estaba activando era a mí. Y lo que estaba ocultando era mi verdad. Así que prefería callar.
Hasta que, de pronto, me encontré con uno de esos recordatorios que parecen llegar justo cuando una ya no puede seguir mirando hacia otro lado. Decía algo así: tienes permiso de hablar de tus experiencias y de la manera en que han afectado tu vida. Si las personas involucradas quisieran que hablaras bien de ellas, deberían haberse comportado mejor contigo. No es tu responsabilidad quedarte callada para mantener cómodos a los demás.
No eran exactamente esas palabras, pero el mensaje fue claro.
Así que no puedo continuar sin reconocer la valentía que implica sentarme aquí y abrirles el corazón. Lo hago con la intención de encontrarnos en el camino de regreso a casa, con otros caminantes que quizá se sientan solos, como tantas veces me he sentido yo con mis emociones, experiencias y silencios. Pensando que era la única a la que le pasaba todo esto… y luego sintiendo un pequeño alivio cuando alguien dice: a mí también me pasó. Te creo. No estás sola.
Tampoco puedo seguir sin agradecer a todas las personas que se han cruzado en mi camino a través de la terapia, libros, textos, redes sociales, películas y series. Personas que han compartido su verdad y su experiencia, y que me han hecho sentir menos sola. Sin conocerlas, puedo decir que su honestidad me regaló alivio y compañía en un mundo que, a veces, se vuelve profundamente solitario, sobre todo cuando estamos rodeados de gente que no nos entiende. Siento que fue eso lo que encendió —y sostuvo— la llama que hoy me permite escribir.
Dicho esto, es momento de empezar a expresar mi verdad.
Una verdad de la que cada vez mas me voy reconociendo dueña.
No creo que exista una verdad objetiva; creo que cada persona vive dentro de su verdad subjetiva. Y no fue sino hasta hace relativamente poco —después de muchos años de trabajo terapéutico— que empecé a recuperar la mía. Pues, durante casi treinta y dos años viví desde la narrativa de alguien más.
He pasado muchísimo tiempo intentando entender qué era lo que me sucedía. Revisando cada rincón de mi historia para darle sentido a mis síntomas, a mis bloqueos y contradicciones. Tengo incontables diarios personales que hoy entiendo como intentos desesperados de recopilar pruebas: de documentar lo que estaba ocurriendo, con la esperanza de descubrir qué era lo que fallaba en mí. Qué era lo que me impedía avanzar. Qué era lo que me mantenía atrapada.
Durante años luché con todas mis fuerzas por alcanzar mi independencia, el éxito, tener autonomía. Y justo cuando parecía rozarlos, volvía al mismo lugar: un lugar incómodo, sí, pero conocido. Un lugar en el que, aunque frustrada, me sentía relativamente a salvo. Ese ir y venir me desgastó profundamente. Me sentía atrapada, condenada. Y muchas veces terminé castigándome por lo que interpretaba como auto-sabotaje.
Viví mucho tiempo con la sensación de que había algo fundamentalmente mal conmigo. De que estaba rota, defectuosa. Todos mis esfuerzos estaban enfocados en cambiarme, en “arreglar” mi mente, en convertirme en alguien distinta. Existía una creencia muy arraigada: que quien yo era no era suficiente para sostener una vida plena. Hoy entiendo que era más fácil creer eso que enfrentar la verdad de lo que realmente había sucedido… y de lo que, en realidad, seguía sucediendo.
Mis dudas al escribir, mis miedos, la dificultad para encontrar una verdad firme dentro de mí, los bloqueos físicos y mentales que aparecían una y otra vez, y esa persistente sensación de que algo estaba mal conmigo, formaban parte de los efectos de traumas profundos y complejos vividos desde muy temprano. Eso lo sabía. Lo que no sabía era que seguían activos. Que los seguía viviendo. Que continuaba experimentando, en el presente, los efectos del abuso narcisista del que había sido víctima durante toda mi vida.
Tengo que decir que fue muy difícil identificarlo, nombrarlo y aceptarlo. ¿Abuso narcisista, de verdad? pensaba. Y todavía hoy sigue siendo difícil decirlo en voz alta. No es algo que se nombre con ligereza, aunque entiendo que, con la proliferación de términos psicológicos, cada vez resulte más fácil etiquetar.
Pero yo no lo hice a la ligera. Quienes han sido víctimas de este tipo de abuso probablemente entiendan lo complejo que es reconocerlo en alguien a quien amas profundamente. Muchas personas, de hecho, prefieren no ponerle nombre.
En mi caso, una vez que pude nombrarlo —nombrar el abuso— fui libre para observarlo con claridad, estudiarlo, contrastarlo, confirmarlo una y otra vez, hasta poder decir, con absoluta certeza, que las heridas con las que he cargado no nacieron de mí. Se gestaron en un espacio de guerra psicológica: un entorno donde adaptarse no era una opción, sino una condición para sobrevivir.
En ese proceso, me perdí para poder seguir viva.
Y desde entonces, me he estado buscando.
Como casi todo en la vida, este reconocimiento es agridulce. Por un lado, el alivio: entender, por fin, qué era lo que me pasaba. Sentir que hay una pieza que encaja. Una sensación real de estar, aunque todavía con el cuerpo herido, en el camino de regreso a casa.
Pero también está el dolor. El dolor de una verdad que durante mucho tiempo mi mente no pudo tolerar. Una verdad que siempre estuvo frente a mí y que hoy, con una claridad imposible de negar, me muestra cuánto me estaba limitando.
Puedo ver que el costo más alto se pagaba al seguir ignorando que el abuso continuaba de formas sutiles, casi invisibles. Que seguía moldeando mis respuestas, drenando mi energía, parasitando mi sistema. Impidiéndome vivir mi propia vida. Responder diferente. Elegir distinto. Manteniendo lealtades imposibles de romper sin antes abrir los ojos y sentir el ardor de la verdad.
Hoy entiendo, de forma cruda, eso de que la verdad nos hace libres. Nos gusta decir que queremos ser libres, pero muchos seguimos atados a cadenas que no elegimos y que sostenemos por miedo. Lealtades invisibles. Pactos implícitos. El deseo profundo de pertenecer a lugares donde nunca fuimos vistos ni amados por quienes realmente somos.
Nuestro nivel de libertad es proporcional al nivel de verdad que podemos tolerar. Y descubrir el abuso fue, para mí, como encontrar por fin las llaves de unas cadenas que habían estado camufladas como amor.
Cuando vi con claridad los efectos del abuso, sentí miedo. Un miedo antiguo, alojado en mi cuerpo desde siempre, al que nunca había sabido ponerle nombre. Porque nadie espera que quien debería cuidar sea quien utilice.
Una vez que lo vi, ya no hubo marcha atrás. La puerta quedó abierta. Y yo, que durante años me había preguntado qué estaba mal conmigo, pude reconocer por fin de donde venía el peso que venía cargando. En ese instante entendí que ahí mismo estaba la posibilidad de elegir algo distinto.
Pero ¿cómo se elige algo distinto cuando toda la vida se ha vivido siguiendo un guion ajeno?
Mi rol fue, desde siempre, el de salvadora. Mediadora. Cuidadora. La fuerte. La comprensiva. No fue una elección consciente, sino una estrategia brillante de supervivencia. Ese rol me mantuvo a salvo, y por eso le estoy agradecida.
Pero también sé que no lo elegí yo. Que lo llevé a todas mis relaciones. Que aprendí a existir siendo útil, disponible, contenedora. Incluso elegí una carrera donde ese lugar parecía natural.
Y, sin embargo, yo no me sentía escuchada. Ni sostenida. Ni comprendida por los demás.
Hoy, con ternura y determinación, sé que ese rol es el que quiero dejar. No porque haya sido un error, sino porque ya cumplió su función. Porque sobreviví. Y ahora quiero vivir.
Dejarlo no es fácil. Aparece el vacío. Un espacio sin guion. Un territorio desconocido. Aterrador, sí. Pero también libre.
Todavía no puedo nombrar públicamente a la persona que ejerció el abuso. Sé que hacerlo rompería el sistema. Y aun así escribo. Con miedo, pero escribo. Porque escribir ha sido siempre un acto de autonomía. Y la autonomía, en este tipo de historias, siempre fue castigada.
Estoy desaprendiendo. Estoy saliendo, paso a paso, de una estructura que me necesitaba pequeña para sostenerse. Estoy enseñándole a mi cuerpo que bajar las armas no nos va a matar.
Siento que fui criada en medio de una guerra, librando una batalla tras otra durante demasiados años. Mi cuerpo sigue en alerta, incluso ahora que estoy a salvo. A veces basta un estímulo mínimo para que el terror vuelva a encenderse, como si nada hubiera terminado.
Hoy me siento como un veterano que volvió de una guerra de décadas. En casa, mirando el reloj, esperando que lo llamen de nuevo. Con la diferencia de que mis heridas no se ven fisicamente. No hay medallas ni reconocimientos, sino todo lo contrario. Y eso hace que, muchas veces, dude incluso de la legitimidad de mi propio dolor.
Por eso escribo.
Porque decir la verdad —aunque tiemble— también es una forma de volver a casa.
Gracias por acompañarme en este tramo del camino.
Nos seguimos encontrando en cada palabra.
Los quiero.
Mel.



Meli, que regalo tan enorme ♥️ Gracias por tu verdad.
Hace un año que empecé este camino, en donde tuve que enfrentar todos estos pensamientos, procesarlos, ponerles nombres, reconocerlos y empezar a soltarlos…
Ya no tienes que vivir en conflicto, ni pisando con cuidado porque otra persona se ofenderá y te hará sentir culpable con quien eres, ya no tienes que demostrar valor en aceptar que te lastimen con comentarios pasivo agresivos, ya no tienes que cargar con el “la familia es lo más importante” porque lo más importante eres tú y lo que decidas hacer contigo así que BRILLLA! brilla sin miedo a que se incomoden contigo, se todo eso que has apagado dentro de ti porque no te permitían disfrutar de lo bueno que hay en ti, ya no tienes que defender o explicar porque haces o no algo, solo vive y disfruta quien eres y quien serás.
De mi para ti y también para mí, porque a veces las cosas que decimos nos aconsejan de retruque.